Tenía que decirlo

Mis escritores favoritos son Truman Capote, Fiódor Dostoievski, Manuel Rivas, Katherine Mansfield, Anton Chéjov, Jaime Sabines, Oliverio Girondo, Efraín Huerta, Charles Dickens, Saki, G. K. Chesterton, Oscar Wilde, Milan Kundera, Luis María Pescetti y Guy de Maupassant.

Me desagradan Jorge Luis Borges y Paulo Coelho.

Creo que esto dice mucho sobre mí.

Ah, y otra cosa: jamás me leeré el Quijote.

Y así se corrompió el chiquillo

Ernestina Correa, profesora de 42 años de edad y 20 de trayectoria, se disponía, en una mañana de noviembre, a tomar su café. Tenía sólo cuatro clases al día y una oficina propia, así que podía darse el gusto de relajarse a su manera. Esta regla no se cumplía del todo los lunes, ya que cada semana en este día tenía lugar la cita con el jefe del grupo del cual era encargada. Por eso mismo quería relajarse. Los lunes tomaba descafeinado.

De pronto, llamaron a la puerta.

-Pase.

En la puerta apareció un chico alto y atlético, de ojos pequeños color miel y hoyuelos lineales en las mejillas. Vestía una playera blanca de manga corta. La maestra respiró profundo y saludó, muy seria.

-Buenos días, Osip.

-Volvemos a estar solos, profesora, ¿quiere que cierre las ventanas?

Correa fingió no haber oído.

-Pasa y toma asiento. -dijo, y esperó a que el joven se sentara para continuar- ¿Problemas esta semana?

-No, señorita.

-Sabes que estoy casada. -“Y tú sabes que no debes contestarle a este mocoso”, se reprochó mentalmente- Me llegaron tres reportes. Es poco, para tratarse de ustedes.

-Beto y Jacinta ya cumplieron con sus respectivos castigos. No vinieron hoy. -Osip hablaba mirando sus manos. Correa vio que estaba manipulando algo que parecía ser papel.- El resto del grupo cumplirá su castigo hoy mismo antes de las diez.

Correa se alegró de oír eso. Faltaban veinte minutos.

-Entonces no te entretengo. Puedes irte.

-Hasta luego, entonces.

Osip se levantó, arrojó al escritorio lo que había estado manipulando y se dirigió a la puerta. Correa lo tomó: era una rosa de origami.

-¿Qué es esto?

-Dijo que no le gustaba ver marchitarse a las rosas. -contestó Osip, antes de cerrar la puerta tras de sí.

Correa no pudo reprimir una sonrisa.

Loti se cae

Después de un cansado día de escuela, en donde jugó volibol hasta descarapelarse los hombros de puro sol, Loti llegó a su casa para comer. Se vistió y escuchó un poco de música. Entonces se dispuso a tomar el autobús.

Salió de su casa caminando muy erguida. Cruzó calles y atravesó algunas cuadras, toda feliz la chiquilla, hasta llegar a la avenida que atraviesa el río, salteándola justo en la parte donde empieza lo feo, o poco más atrás.

Perfecto. Ya estás del otro lado. Ahora a correr. Orlando, el súper chico en bicicleta, andaba montado en ésta en dirección paralela al río.

-Hola Loti 😀

-Qué hay, Orlandoooooo

Paf. Digo paf y no splash porque nuestros ríos, como son chafas, más parecen barrancos, pavimentados y secos.

Los paramédicos llegaron enseguida. Orlando no los llamó, por puto.